Otoño

Me apetecía que llegara el otoño pero no para que rompieran mi corazón…
Yo me las prometía tan felices. Estaba harto de bermudas, de chanclas y de sol abrasador. Añoro el verano cuando no está pero cuando llega, me acaba agobiando y espero el otoño con ansia. No pretendo que me entiendan. Con entenderme yo me bastaría y tampoco soy capaz.
Llevo una semana sin dormir, casi dos. Desvelado total. O desvelado parcial. Da lo mismo. Desvelado y afectado por una razón que me toca el corazón. Tengo el estómago cerrado y las pocas veces que lo dejo abrirse, me encuentro como el culo. Todo me sienta mal. Será el cambio de estación, me dicen mis compañeros en el curro; “si os contara el motivo, lo comprenderíais”. No contesto y me como la respuesta con amargura aunque sonriendo. Total, la digestión va a ser agria haga lo que haga debido a este extraño estado de ansiedad en el que me encuentro.
Estoy en la cocina pendiente de que la cafetera responda con su aroma. Abro el armario donde guardo las cosas del desayuno y, aunque aparto un bote y otro, no aparece el azúcar. Increíble pero esto me ocurre a diario. Bueno, algún día en vez de con el azúcar, me pasa con los cereales. Mientras espero a que pare el microondas, inquieto, averiguo lo que hay en la repisa abarrotada y desordenada, como si fuera algo de lo más entretenido. Pues me entretiene.

Duermo mal y no me levanto cansado. Otra incongruencia de mi situación; incomprensible porque debería estar arrastrándome por las paredes y así, por las buenas, continúo interesado en investigar lo que esconde esta repisa que tiene vida propia. Aparto de aquí, coloco allá, vuelvo a dejar todo donde lo encontré. De repente, me da un chispazo y empiezo a sacar los artículos que apoyo en la encimera. Y continúo con la balda de abajo. Decenas de botes, de cajitas, de latas… Bolsas de fideos cerradas con pinzas, un par de bolsas de patatas fritas ¡caducadas!
Complejo asunto que tan de mañana despierta mi interés. Estoy que lo tiro con mis nuevas inquietudes. Emprendo la misión de mirar las fechas de un paquete de macarrones que está mal cerrado (caducado), cajas de té (caducadas), anchoas en aceite (caducadas), quesitos (caducados), aceitunas (¡caducadas!). Galletas (¡caducadas!). Un bote de
café capuccino (¡Caducado!). He tirado un edulcorante que ¡llevaba tres años caducado! ¿Qué sentido tiene que yo comprara un edulcorante? ¿Y qué pinta en este armario un colorante –debidamente caducado- si no he hecho una paella en mi vida? Todo, toditos, todos los envases, a reciclar. “Quiero hablar contigo”, me dijo mi chica. Frase lapidaria donde las haya. “Me he enamorado de otra persona”. Pero si ibas a venirte a vivir conmigo este mes, pero si hoy empieza el otoño en el que tenemos tantos planes para hacer juntos, pero si íbamos a ir a Italia el próximo
verano, pero si me dabas muestras de tu amor incondicional. Pero si tú, pero si yo; pero si nosotros… No hay peros. No hay nosotros. Ya no somos los mismos, dijo. Fue brusca. Tajante. Insensible. Egoísta. Tres años envasado en esta relación ¡y estaba caducada! Sin saborear, sin abrir; sin sentido. A reciclarme toca.

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